El Pinet
El amor de las crevillentinas y crevillentinos por la que, dicen, es su playa, se remonta seguramente a finales del siglo XIX. Cuando los baños de mar se pusieron de moda, hablamos de hace 100 años aproximadamente, la población crevillentina tomó la costumbre de pasar unos días de verano –de San Juan a San Jaime- en la playa del Pinet. Se puede decir que durante todo el siglo XX la playa se convertía, en el periodo estival, en una gran colonia crevillentina con una larga hilera de barracas de esteras de junco que albergaban a las familias que veraneaban allí.
La playa del Pinet es un arenal enorme, larguísimo y amplio, con dunas de arena fina y dorada, en línea de costa recta y abierta. Detrás de las dunas hay pinares y palmeras y algunas lagunas visitadas por aves de paso. Es una playa muy bella y agradable.
En la primera mitad del verano las aguas, poco profundas, suelen estar muy calmadas. Hacia finales de julio el mar se pone ya más bravío, y se solía decir que el día de San Jaime (el 25 de julio) se traga un cap, es decir, que alguien se ahoga en la playa, señal de que los baños de mar ya no son prudentes por esas fechas.
El Pinet, situado en el término de Elx, entre la Marina del Molar, al sur, y la playa del Tamarit, al norte (allí donde la tradición dice que llegó la imagen de la Mare de Déu de l’Assumpció), a 18 quilómetros de nuestra población, es la playa más cercana a Crevillent con acceso por caminos que rodean el Hondo.
Había allí, muy cerca del mar, una de las atalayas o torres vigía que se alzaron en nuestra costa por prevención contra las incursiones berberiscas. Esta torre, de la cual hoy en día casi no queda nada más que el cuadro de la base, era el baluarte que inflamaba la imaginación de nuestro paisano, mosén Maciá Abela (1877-1932) cuando sus ojos infantiles la vislumbraban después del largo viaje en carro.
Cuando yo era aún muy niño
y en carro al Pinet venía
al divisarte de lejos
los huesos se me reían.
Esta poesía nos da la primera referencia conocida del viaje al Pinet hacia la década de 1880. Familias completas de Crevillent, a mediados del mes de junio, cargaban dentro de un carro toda la comida, el menaje de casa, cacharros y fregassa necesarios, así como las esteras de esparto, y se dirigían al Pinet por la senda que atraviesa el Bosquet, el Fondo y el Molar. Cuando llegaban plantaban la barraca, una vivienda temporal rudimentaria hecha con un cañamazo de maderas y paredes de estera de junco, donde convivía, com a figues en quintars, toda la familia: abuelos y abuelas, padres, hijos, primos, sobrinos y también amigas y amigos.
Las barracas se plantaban tocándose las unas a las otras, en una convivencia entre diferentes familias crevillentinas que permitía dejar un poco de lado las convenciones sociales más rígidas de la población. Eran muy típicas las fotografías en grupos familiares y de amigos, a la orilla del mar, con caras sonrientes y aspecto alegre y desinhibido. Eran unos días para olvidar las fatigas del pueblo, tomar baños de mar y gozar del aire libre.
A la puesta de sol era la hora de cantar, al compás de las olas del mar, todo aquel repertorio de canciones nuestras, sobre todo las populares habaneras. Aquellas canciones que luego volvían al pueblo con las crevillentinas y crevillentinos y resonaban de nuevo en los breves momentos de ocio y de nostalgia, después de las comidas y cenas, en ocasiones especiales.
Las vacaciones en el Pinet solían durar unos pocos días. El regreso debía de ser melancólico. Más de una vez hemos escuchado las frases alusivas que reproducen dos diálogos, el de ida y el de vuelta: -A on vas? –Al Pinet!, y –D’on vens? –Del Pinet…, pronunciadas las respuestas, respectivamente, la primera con gran animosidad, fuerza y entusiasmo, y la segunda con gran desgana y fatiga, queriendo mostrar así el diferente estado de ánimo de los veraneantes al comienzo y al final de su estada en la playa.
El Pinet estaba en boca de todos durante el verano y era sinónimo de descanso y alivio. Cuando en pleno ardor canicular sopla el aire y nos refresca un poco, solemos decir que este se ha escapado del Pinet.
Las horas pasadas allí, los baños en la playa, el frescor de la brisa del mar, la convivencia, las comidas, los juegos y las canciones llenaron el corazón y la imaginación de Crevillent durante todo el siglo XX.
De todo ello, presente todavía en el recuerdo de nuestros mayores, han quedado muchísimas fotografías en blanco y negro, con rostros alegres y sonrientes y cuerpos en traje de baño, que muestran la felicidad por el lujo de aquel breve tiempo de ociosidad que las personas se podían permitir hace tan solo unas décadas.
Vacaciones envueltas con el son cadencioso de las olas y el cantar emotivo de las habaneras. Este es el compendio sentimental de todo lo que el Pinet ha representado en el alma de nuestro pueblo.
1- Las familias crevillentinas empezaban su estancia en el Pinet con un viaje en carro, cargado con las esteras con las cuales se construía la barraca, y con todas las cosas necesarias para pasar la temporada: colchones, menaje de cocina, etc.
2- Podemos observar los trajes de baño típicos de los años 20 y 30, donde la anatomía de las mujeres quedaba mucho menos al descubierto.
3- Las barracas hechas de estera, que aquí vemos al fondo, daban humilde cobijo a los felices veraneantes.
4- Cosas cotidianas, como ir al barbero, también se podían hacer en el Pinet.
5- Observaremos como a lo largo del siglo los trajes de baño van evolucionando.
6- Los negocios familiares se trasladaban al Pinet en temporada de verano, como esta carnicería improvisada.
7- Otro menester cotidiano, como pelar el pollo de la comida.
8- Lavar los enseres de cocina a la orilla de la mar, otra faena del día a día.
9- Estar en la barraca del Pinet era como estar en casa, tal como se ve por la comodidad y utilidad de la indumentaria, en este caso el delantal.
10- Una de tantas estampas familiares veraniegas.
11- Se desinhiben costumbres y vestimentas poco a poco.
12- Los crevillentinos y crevillentinas ausentes reunidos en el veraneo crevillentino.
13- El ecosistema de las dunas, frecuentado por la juventud.
14- Los baños de mar tan deseados a lo largo del año.
15- Foto típica, todos con los pies en remojo y el mar de fondo.
16- Los niños, los que más disfrutaban, en primera línea.
17- En la puerta de las barracas las familias se reúnen alrededor de la mesa.
18- Varias generaciones juntas que representan el estilo de vestir y de vivir de cada época.
19- El verano en el Pinet no era tal sin la música.
20- A la derecha se pueden ver las construcciones nuevas de obra que sustituyeron a las barracas de estera.
21- La hilera de construcciones ocupa ya buena parte de la línea de la costa.


