Cuevas
Una de las peculiaridades de Crevillent es la presencia de una gran cantidad de viviendas hipogeas, conocidas popularmente como “coves”. Parece ser que estos habitáculos subterráneos empezaron a excavarse en el siglo XVIII, como consecuencia del crecimiento de la población y de la pobreza. La escasez de recursos empujó a las personas más humildes a buscar una manera de encontrar cobijo y a vivir fuera del recinto tradicional amurallado del pueblo.
Con el tiempo, las cuevas se convirtieron en uno de los elementos urbanos más característicos de nuestra población. A finales del siglo XX se contaba en número de 3000 este tipo de viviendas de Crevillent, las cuales, situadas en la periferia (hemos llegado a escuchar que se les aplicaba el nombre de “foranes”), formaban barrios enteros: el Barranquet, la Salut, el fondo del Calvari.
Dichos barrios permanecían en cierta forma en una situación un tanto marginal, con una población en ocasiones en conflicto con la del centro histórico del pueblo y con las zonas más acomodadas: la Plaça, el núcleo antiguo o Vila Vella, la calle de Sant Josep y el barri del Pont.
Las cuevas ocupaban una extensión de terreno muy amplia de la parte norte de Crevillent y se extendían por las cuestas de la falda de la sierra, ocupando todos los desniveles de un terreno muy irregular y empinado.
Colocadas sin ningún orden, aprovechando el más mínimo espacio, apretadas las unas contra las otras, se agrupaban en «lleixes», es decir, en hileras de cuevas alineadas a niveles diferentes, formando un perfil como de una especie de escalera.
En términos generales, consistían en una frontera o fachada, con una puerta que daba paso a un gran agujero excavado en el terreno, de techo ligeramente abovedado, que hacía las veces de entrada o recibidor y de comedor, desde el cual se accedía a un conjunto de habitaciones sin puerta, más o menos amplias, en forma de paralelogramo, excavadas a ambos lados. A veces al fondo también se abría un espacio que recibía el nombre de el quarto del frontó. Eran también frecuentes, cuando el terreno era suficientemente ancho, los corrales cuadrados a cielo abierto en la parte posterior de la cueva.
En el terreno por encima de las cuevas, conocido como muntanyars, sobresalían las chimeneas de les fornales u hogares y también les llumbreres, en forma de casitas con ventanucos, que daban un poco de luz y respiración al interior de las que eran más largas. La fisonomía peculiar de estos accesorios debió llamar la atención de Joan Fuster, que colocó una ilustración de ellos en la página 76 de su magnífica obra El País Valenciano (1962).
Generalmente el excusado consistía en un femer (estercolero) o un clot, situado en un pequeño corral cercano a la entrada, o bien simplemente utilizaban los muntanyars cercanos, a los cuales las personas iban a hacer sus necesidades en determinados lugares. En algunos de los corrales, con su comedero de albañilería, se alojaba algún burro, necesario para las faenas del campo.
Algunas cuevas más alargadas, conocidas con el nombre de coves filadores, se utilizaban para facilitar a los filadors el trabajo de crear la cuerda de cáñamo con la rueda de menar, evitándoles estar a la intemperie, para que no tuvieran que soportar el sol o la lluvia.
Aprovechando el perfil irregular del terreno, también las casas, incluso las más acomodadas, querían servirse de este elemento constructivo. Por ello se excavaban cuevas en la parte trasera de aquellas viviendas que estaban pegadas al desnivel de la pared natural, con la intención de utilizarlas como corral, almacén (alforins) o bodega (buega).
Los moradores de Crevillent excavaron en los montículos y desniveles que formaban las vertientes de la montaña porque el material de las lomas era idóneo para ello: era suficientemente blando para picar, pero también muy resistente e impermeable y protegía bien de la humedad, cosa que lo convertía en ideal para hacer un habitáculo que resultara caliente en invierno y muy fresco para soportar la canícula que nos agobia en Crevillent.
El mobiliario era modestísimo y escaso, consistente en alguna mesa y sillas de enea, camas o catres en las habitaciones y cajas para guardar la ropa. Algunos armarios con puertas de madera y vidrio estaban excavados directamente en la pared, ganando espacio al terreno.
Una pequeña cocina con fornala (hogar), con el fuego en el suelo o un fogón de albañilería, con campana y obertura para dejar salir el humo, permitía la cocción con leña de las escasas raciones de alimento que consumía la familia. Como en las casas, podía haber también una pequeña habitación (pastaor) para hacer el pan, que se llevaba a cocer a los hornos.
Cuando no tenían aljibe, era necesario acudir a las fuentes públicas, como la de els Tres Xorros, para abastecerse de agua. Un canterer cercano a la entrada permitía dejar los cántaros o botijos.
Las mujeres solían mantener el interior ordenado y limpio como una patena, barriendo y rociando con agua el suelo para evitar que estuviera cubierto de aquel polvo rojizo propio de nuestro terreno, provocado porque los techos, muchos de ellos sin enlucido, dejaban caer tierra.
Las cuevas se fueron modernizando con el paso de los años: se les añadió a muchas de ellas el blanco enlucido de yeso del cual carecían, se las dotó de electricidad, puertas de madera a las habitaciones en vez de cortinas, muebles mejores y más modernos, cocinas de gas, agua corriente y sanitaros, estos últimos en casitas edificadas en el exterior, al lado del acceso a la vivienda.
Se buscaba que el aspecto de su interior se aproximara lo máximo posible al de las casas modernas. En muchas de ellas su ampliación ha consistido en edificar a partir de la fachada, aprovechando el espacio del terreno delantero que algunas de las cuevas han ido reclamando como propio. En algunas también se puede observar un cercado de mampostería que forma un patio adornado con tiestos, plantas para ganar aún más terreno.
En las últimas décadas muchas de estas construcciones, que llegaron a conformar un estilo de vida característico de la gente crevillentina, han ido desapareciendo. En los barrios tradicionales de cuevas, la destrucción de muchas de ellas para construir casas o edificios de pisos, así como el añadido de aquellos elementos constructivos a los que acabamos de aludir, ha desvirtuado el carácter y aspecto tradicional de las calles, quedando únicamente en contrapartida un auténtico caos urbanístico, que es lo que se puede contemplar desde la parte más elevada de las cuestas de nuestro pueblo.
Pero todavía existen muchísimas cuevas, bien visibles, incorporadas al tejido urbano de Crevillent, algunas de las cuales, con un poco de voluntad, podrían ser reparadas y conservadas como un recuerdo vivo de una parte muy importante de nuestro pasado más cercano.
Las cuevas son un patrimonio material y cultural de nuestro pueblo el cual no deberíamos rehuir. Forman parte del Crevillent tradicional que hemos conocido y vivido desde que tenemos conciencia. Aquí os ofrecemos un puñado de vistas fotográficas que hemos podido rescatar, donde estos habitáculos constituyen el telón de fondo del escenario de la vida.
La construcción de las primeras cuevas – vivienda se produjo en Crevillent a mediados del siglo XVIII.
La cueva no tiene ninguna ventana. El corralet, para diferentes usos, lo tiene situado a la izquierda.
Cuevas de la calle de la Salut.
La cueva presenta solamente una abertura de ventilación: la ventana a la derecha de la fotografía.
El techo de la entrada, o recibidor, tiene una ligera forma de bóveda.
En el terreno por encima de las cuevas, conocido como muntanyars, sobresalen las chimeneas de los hogares.
Observamos a la derecha de la foto, en la parte superior, una lumbrera, elemento característico de las cuevas de Crevillent que proporciona luz y ventilación.
Algunas cuevas, conocidas con el nombre de cuevas hiladoras, se hacían servir para facilitar a los hiladores el trabajo y no tuviesen que suportar el sol o la lluvia.
Cueva blanqueada con cal.
Antigua calle dels Arbrets. A la derecha es donde se ubica hoy el Pabellón Municipal de Deportes.
A la izquierda de la foto una cueva-vivienda, a la derecha una cueva hiladora.
Cuevas de Sendra.
Una cueva más “moderna”. Vemos la entrada o recibidor desde el cual se accede a las habitaciones sin puerta excavadas a los lados. Al fondo, la habitación que recibe el nombre de “el quarto del frontó”


